Apenas podía mover su cabeza, el insomnio y la supuesta cura que Vlados había adoptado en los últimos meses lo habían dejado en ese estado. Con su cabeza a punto de estallar al entrar en contacto con los tenues rayos de sol que se colaban por su ventana, se dio vuelta apoyando la almohada sobre su cabeza intentando aplacar el dolor con presión. Sin embargo el dolor no cedía, tiró la almohada al suelo y recorrió con su mirada la habitación. Todo estaba como siempre, su escudo junto a su espada en un rincon relegados. A un lado de la cama, una silla con su uniforme suavemente tendido sobre ella, hasta la corbata pendía con gracia. Ya no recordaba cuánto hacía que había cambiado la espada por la demagogia, impulsado por la conciencia colectiva de progreso. De todas formas prefería no evocar aquellos tiempos.
Se levantó casi arrastrando sus miembros para dirigirse hacia la ventana. Corrío torpemente la cortina y vio a sus amigos, familiares y quimeras recorriendo el camino principal, todos prolijamente vestidos, con sus uniformes, corbatas, portafolios, carteras y otros accesorios propios del progreso. Al igual que él todos habían cambiado sus capas, armaduras y hechizos por un lugar en la sociedad evolucionada.
Cerró la cortina, se cepillo los dientes, acomodó su cabello y mientras preparaba el desayuno se vistió. Tomó su maletín, puso sus herramientas dentro y se dirigió a la puerta. Antes de salir tomó su sombrero se lo acomodó sin ganas y salió.
Se encontraba cerrando la puerta cuando escuchó una voz que lo dejó helado.
-Vlados!
Se dió vueltas casi temblando y allí la vio.
-Deeza... Hola como estas?
-Contenta, el viento del sur dejó de soplar.
-Como te puede poner contenta eso? Cuando te conocí lo único que te hacía brillar era el viento del sur.
Deeza sonrió con la expresión de una niña.
-Si, pero lo que me gustaba del viento sur era que incrementaba mis capacidades mágicas. Ahora ya no las necesito, vivimos en un mundo civilizado.
Vlados casi que no escuchaba sus palabras, la pequeña elfo lo tenía cautivado con su mirada. No era la primera vez que la veía en su uniforme, con su camisa cuidadosamente planchada y perfumada. Pero a él le gustaba recordarla como aquella niña irreverente, con sus botas marrones de cuero, su espada delgada y ágil y su cabello suelto al viento. Aquella niña que adoraba volar con las hadas del bosque.
-Vlados! me estas escuchando???
-Ehh... si, perdón, recordaba viejas épocas.
-Extrañas algo de las viejas épocas??
Si a ti. Hubiera querido contestar... Pero solo se limito a mover la cabeza en señal de negación.
-Bueno, me voy , sino llegaré tarde al trabajo.
Y cuando reaccionó Deeza ya no estaba. Su corazón dolía, como siempre después de verla... pero esta vez era diferente. No podía saber porque, pero muy pronto lo entendería.
Se levantó casi arrastrando sus miembros para dirigirse hacia la ventana. Corrío torpemente la cortina y vio a sus amigos, familiares y quimeras recorriendo el camino principal, todos prolijamente vestidos, con sus uniformes, corbatas, portafolios, carteras y otros accesorios propios del progreso. Al igual que él todos habían cambiado sus capas, armaduras y hechizos por un lugar en la sociedad evolucionada.
Cerró la cortina, se cepillo los dientes, acomodó su cabello y mientras preparaba el desayuno se vistió. Tomó su maletín, puso sus herramientas dentro y se dirigió a la puerta. Antes de salir tomó su sombrero se lo acomodó sin ganas y salió.
Se encontraba cerrando la puerta cuando escuchó una voz que lo dejó helado.
-Vlados!
Se dió vueltas casi temblando y allí la vio.
-Deeza... Hola como estas?
-Contenta, el viento del sur dejó de soplar.
-Como te puede poner contenta eso? Cuando te conocí lo único que te hacía brillar era el viento del sur.
Deeza sonrió con la expresión de una niña.
-Si, pero lo que me gustaba del viento sur era que incrementaba mis capacidades mágicas. Ahora ya no las necesito, vivimos en un mundo civilizado.
Vlados casi que no escuchaba sus palabras, la pequeña elfo lo tenía cautivado con su mirada. No era la primera vez que la veía en su uniforme, con su camisa cuidadosamente planchada y perfumada. Pero a él le gustaba recordarla como aquella niña irreverente, con sus botas marrones de cuero, su espada delgada y ágil y su cabello suelto al viento. Aquella niña que adoraba volar con las hadas del bosque.
-Vlados! me estas escuchando???
-Ehh... si, perdón, recordaba viejas épocas.
-Extrañas algo de las viejas épocas??
Si a ti. Hubiera querido contestar... Pero solo se limito a mover la cabeza en señal de negación.
-Bueno, me voy , sino llegaré tarde al trabajo.
Y cuando reaccionó Deeza ya no estaba. Su corazón dolía, como siempre después de verla... pero esta vez era diferente. No podía saber porque, pero muy pronto lo entendería.
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