Vlados sufría con sólo verla. Su sonrisa despreocupada y su cabello acariciando el viento lo enloquecían. Para él no había dolor más profundo ni felicidad más pura que estar cerca de ella. Sus sentimientos siempre se debatián de un extremo al otro. Ella era su mundo, y por ello nunca se atrevió a tomarla de la mano y decírselo. Había demasiado en juego. Al menos para él.
Bosko, siempre fue mucho más racional que su amigo. Y creía firmemente que Deeza, simplemente era una más. Fue por esto que pensó en darle a él el amuleto. No había nadie mejor para probarlo. Si sus ecuaciones eran correctas el amuleto debía proteger a Vlados de los sentimientos de dolor que ella le provocaba.
Luego del incidente en el punte del trasgo Vlados comenzó a frecuentar cada vez menos los lugares dónde podía verla. Sus sentimientos de dolor fueron mutando. Cada día que pasaba Vlados sufría menos. Ya no sentía esa opresión en el pecho al verla. Hacía un tiempo que había dejado de llorar por las noches. Al cabo de unos pocos días ya había olvidado lo que era sentir tristeza y dolor.
Bosko seguía de cerca las reacciones y comportamientos de su amigo. Todo iba como él esperaba, hasta aquella fría mañana, cuando cayó la primer nevada. Era muy temprano, el sol apenas intentaba asomarse por el horizonte mientras Bosko corría con todas sus fuerzas atravesando la plaza de los héroes.
-No puede ser!!. Debería haberlo visto antes!!! murmuraba agitado sin dejar de correr.
En poco tiempo llegó a la casa de Vlados y sin siquiera golpear abrió la puerta de un empujón. Pero era muy tarde, Vlados ya no estaba en su casa.
Bosko, siempre fue mucho más racional que su amigo. Y creía firmemente que Deeza, simplemente era una más. Fue por esto que pensó en darle a él el amuleto. No había nadie mejor para probarlo. Si sus ecuaciones eran correctas el amuleto debía proteger a Vlados de los sentimientos de dolor que ella le provocaba.
Luego del incidente en el punte del trasgo Vlados comenzó a frecuentar cada vez menos los lugares dónde podía verla. Sus sentimientos de dolor fueron mutando. Cada día que pasaba Vlados sufría menos. Ya no sentía esa opresión en el pecho al verla. Hacía un tiempo que había dejado de llorar por las noches. Al cabo de unos pocos días ya había olvidado lo que era sentir tristeza y dolor.
Bosko seguía de cerca las reacciones y comportamientos de su amigo. Todo iba como él esperaba, hasta aquella fría mañana, cuando cayó la primer nevada. Era muy temprano, el sol apenas intentaba asomarse por el horizonte mientras Bosko corría con todas sus fuerzas atravesando la plaza de los héroes.
-No puede ser!!. Debería haberlo visto antes!!! murmuraba agitado sin dejar de correr.
En poco tiempo llegó a la casa de Vlados y sin siquiera golpear abrió la puerta de un empujón. Pero era muy tarde, Vlados ya no estaba en su casa.
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