Tres veces en mi vida pensé que ciertas cosas eran “para siempre”, y
como lección del destino casi al mismo tiempo que pronunciaba su perpetuidad;
las perdía, se desvanecían.
La fantasía de un tiempo perpetuo es la exigencia de todo artista perezoso,
y a los humanos no nos interesa saber por qué lo efímero de los bienes se
aprecia más en su ausencia.
No tenemos nada, y nada es lo único propio pues todo lo demás es añadido.
Poseer es ausencia, es el simple color de una rosa, que siendo blanca, negra o
roja no deja de ser rosa; y como tal su color es efímero pero no así su propia
forma.
No somos más que lo que nuestra propia forma dice que somos; nuestro
pensamiento, nuestra esencia; lo demás es añadidura.
Sin embargo hay cosas que un vulgar ladrón no arroja a la basura luego de
apropiárselas. Así cual ladrón de billeteras, sentí un frío inexplicable al
sentirme víctima de mi propio vicio. Fui quitado en mis bienes. De un bien que
nunca aprecié, que nunca quise, que nunca respeté, y hasta pensar que era
inútil y disfuncional. Pero ahora la aflicción por no tenerlo me desgarra.
Otros antes de mí, contemporáneos y quienes vendrán luego, experimentaron y experimentarán sentimientos similares. Los
sentimientos no son únicos, no somos tan especiales y por supuesto no se puede
relegar el miedo a sufrir.
Por ello todo hombre, varón o mujer, pasado, presente o futuro, ha de saber
de lo efímero de su condición. Lo que se ha tenido en un descuido se ha
perdido, lo que se tiene os garantizo, sin darse cuenta se perderá.
Sólo por un tiempo es lo eterno, cinco segundos basta para experimentarlo
como propio. No quiero pronunciar en este pequeño discurso la palabra “amor”….
¡Pero qué he hecho! Ya la he pronunciado...
Y cinco segundos luego... perdido.
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