La calurosa sensación sobre la
túnica de la barriga es el espacio de insatisfacción que sólo ingerir logra complacer.
Sentir y no más que eso es la razón de la espera.
Es el paso del tiempo quien lleva
hacia la irreversible decisión de caer en la displicencia de una cena simple.
¿Cuán difícil es tomar la decisión
equivocada? Así de simple como atinar en la elección adecuada.
Una cuestión de suerte guía el desnudo
movimiento del devenir. Morder aquí o morder allí.
Ruleta rusa de decisiones
cargadas de consecuencias inesperadas pero predichas.
Cada yerro instintivamente
atractivo a nuestra condición, cada equivoco consecuencia de movimientos programados
por una especie dócil que intenta fatalmente superarse, y de suyo tropieza con la
satisfacción plena sin oblación.
Sólo abrir la boca y engullir la
apoteosis de la exquisitez.
El sabor de la presa fácil
incitando y colmado las papilas de un dócil sobreviviente.
Resulta natural que algunos
placeres generen pequeñas molestias, pero tan fácil se sobrelleva el dolor cuando
el placer es superlativo… Aun cuando una inexplicable fuerza externa jala del
labio hacia la superficie.
Cómo¡¡ ¿un cuerpo tan brillante y
esbelto como el mío no puede librarse de este simple enganche jalonero? Con
fuerza arremeteré hacia el fondo –pensó–, allí donde sólo yo puedo ser el rey
dorado de la lóbrega luz de las profundidades.
Pero con cada jalón, la fuerza exterior se hace más
poderosa. No importa cuán profundo se quiera ir, la dolorida imposibilidad de triunfar
debilita los agitados movimientos de la espina dorsal.
Un exquisito manjar, la razón del ahogamiento. Otra víctima
del instinto.
Pero el frío acero punzante sobre la misma barriga que tanto
placer experimentó, es el que corta toda esperanza de escapatoria. Y el verdugo
en su traje de muerte se complace, sin intentar comprender las bocanadas de
silencio de una boca que demanda piedad sin sonido.
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