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Los versos que no están - Crónicas de Lad III

Todo el mundo - al menos una vez en su vida - se quedó sin palabras. Esto no suele ser un problema para la mayoría de las personas, ya que siempre alguna risa cómplice llena el silencio. Pero para Lad esto era una verdadera tragedia, ya que no era un poeta de profesión, sino que lo suyo era de nacimiento. No era su trabajo que dependía de sus palabras, sino su vida misma. Y cuando sus palabras no salían, casi nunca llegaba esa risa cómplice para tapar el silencio.
Esta tragedia podría haber sido un gran desencadenante para su obra, si no fuera por el hecho que su obra era la tragedia misma, o mejor dicho la imposibilidad de cometerla.

El Gran Pato al ser consultado por Lad, le aconsejó no buscar las palabras... según él las palabras llegarían solas cuando fuese el momento adecuado. Claramente esto no conformó a Lad, sino que lo preocupó más. Y lo sumergió en una búsqueda desenfrenada de aquellos versos que no estaban.

El lugar más lógico para buscar versos perdidos era la plaza de los amores perfectos. Todo el mundo en la tierra de Abbe conocía esa plaza. Se encontraba no muy lejos de su casa. Allí iban a llorar todos aquellos que tenían un amor perfecto -porque claro está, es lo único que se puede hacer por un amor perfecto, un amor que nunca fue-. Lad esperaba encontrar allí la inspiración que no llegaba. Pasó toda una tarde escuchando historias de hidalgos caballeros solitarios y de tristes princesas aún encantadas. Le dieron mucho para escribir, pero nadie le dio ninguno de sus versos perdidos.

No conforme con dejar ir sus versos, decidió buscarlos en la belleza misma. Tarea compleja desde su concepción, ya que primero debía definir qué era la belleza. Pensó en la sonrisa de su primer amor de primaria, pero le resultó inapropiado... ya que ahora era un adulto. Luego pensó en la mirada que casi le cuesta la vida, pero tampoco lo convenció. La belleza no puede ser tal si el precio a pagar es la vida misma. Una a una fue descartando todas las manifestaciones de belleza que conoció a lo largo de su vida, hasta quedarse nuevamente con la nada misma.

El tiempo pasaba y los versos no volvían, sin embargo todo cambió una soleada tarde de invierno. Pero ya se hizo tarde... y los sucesos que devolvieron el habla al poeta, quedarán para otro día.


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