Hace no mucho llegó a mis manos el recorte de un viejo periódico. El mismo hubiera pasado desapercibido de no ser por el peculiar titular en primera plana. Reproduzco a continuación el mismo tratando de ser lo más fiel posible al original.
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| Reproducción fiel del original |
Luego de leerlo, tuve una extraña sensación, mezcla de curiosidad y familiaridad. No tuve más opción que viajar a la región dónde se encontraban dichos campos. Para mi sorpresa el viaje fue bastante corto, ya que se encontraban inmediatamente al lado del río que separa el pueblo del campo.
Me senté al costado del camino y esperé que la noche caiga, como caen tantas otras cosas -El recuerdo de aquella noche no me permite pensar una comparación más poética-.
- Sniff.
Escuché de repente en la oscuridad.
- Sniff. Otra vez. Me incorporé y me acerqué subrepticiamente hacia la zona del campo de donde provenía el sonido.
Más me acercaba, más surreal parecía aquella figura parada bajo la luz de luna. Era un pequeño ser, con forma de zanahoria, del color de las zanahorias, con voz de zanahoria. Al verla tan triste, me acerqué.
- Qué te pasa pequeña? Le dije, sin pensar en lo imposible de la situación.
Lejos de asustarse con mi presencia, la pequeña me miró sollozando y dijo:
- Quiero irme de este campo. Quiero el mundo.
- Y qué te lo impide? Estás cerca del camino, cruza la cerca y pídele al primer viajero que te lleve.
- Simplemente no puedo.
-Pfff. Tonterías exclamé. Podés hacerlo. Yo te ayudo, me quedo sentado en este campo, hasta que pase un viajero y te lleve con él.
Y así me senté en el campo, al lado de la zanahoria triste, conversando de la vida, las plagas, el sol y de algunas remolachas bandidas que de vez en cuando se cruzaban del campo de enfrente. Pasó el primer viajero, iba a pie y no llevaba bolsos. Sólo lo puesto.
-Esta es tu oportunidad zanahoria! Le dije.
-No, no tiene en qué llevarme. Sería una carga para él. Además no me gusta viajar en bolsillos. Me sofoco rápido.
No muy convencido de sus motivos, decidí darle el beneficio de la duda y esperamos al siguiente viajero. Al cabo de un unas horas cruzó por el camino una familia con una niña pequeña, de no más de 3 o 4 años.
-Esta es tu oportunidad zanahoria. Tienen una niña de tu edad, podrías tener una amiga. Ella seguro te llevaría en sus manos y te cuidaría con todo su amor. Ya que serías su amiga inseparable.
La zanahoria observó a la familia un rato y luego dijo.
-No, mejor no. Es muy pequeña y sería mucha responsabilidad para ella. Además es mejor que tenga amigas humanas. Y su familia me recordaría a mi hogar, a mis hermanas zanahorias. Las extrañaría demasiado. No puedo ir con ellos.
Empezaba a sospechar de a poco cuál era realmente el problema de la zanahoria, sin embargo decidí darle una tercera y última oportunidad.
-Bueno dije, esperemos al próximo viajero, pero es el último.
-Bueno. Asintió la zanahoria.
Esperamos y esperamos y al caer la noche cruzó por el camino un caballero, de reluciente armadura en un corcel negro como la noche. Esta vez no podía tener excusas. Simplemente la miré y le hice el gesto, indicando que se aproxime y le pida la lleve. La zanahoria se acercó al caballero y al cabo de unos minutos de conversación, dio media vuelta y volvió hacia mi.
-No puedo, dijo. Es demasiado bueno. Me acostumbraría a estar bien, protegida y cuidada. Me prometió cuidarme del sol y de la lluvia, llevarme en uno de sus sacos de cuero fino que cuelgan en su corcel. Era demasiado, me olvidaría de lo cruel que puede ser el mundo a veces. Y no puedo hacerlo.
En ese momento entendí todo. Entendí que la zanahoria nunca iba a dejar aquel campo. Iba a ser siempre una zanahoria triste, deseando el mundo, y lamentándose de no poder tenerlo. Iba a vivir en la vil mentira de sus excusas hasta el fin de los días, para no recordar su cobardía y comodidad que le impidió intentarlo. No le dije más nada, sólo hice un gesto y me alejé de la zanahoria, y de su campo.
Desde ese día no frecuento más campos de zanahorias. No hay nada que hacer por ellas.

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