Nina estaba sentada en el segundo escalón. Brillaba, con una sonrisa que era imposible de ocultar. De esas sonrisas que te dificultan hablar, de esas sonrisas que no se pueden ocultar ni en el más recóndito lugar del mundo. Sus manos pequeñas e inquietas parecían bailar con la cadencia de su voz. Hablaba al chico del primer escalón, y lo miraba, lo miraba como si no existiese nada más en el mundo que Juan. Cada palabra que pronunciaba, llevaba oculto un un sinfín de sensaciones, deseos que temía nunca poder sentir.
Vlad, en el tercer escalón. Estaba en una posición privilegiada para observarla. Su silencio era testigo de toda la magia que existía en el mundo. No había nada que decir, no había nada que pudiera hacer ese lugar mejor. Ni siquiera era consciente de su anhelo de un ínfimo cruce de miradas, aunque sea de cortesía.
En el primer escalón, Juan. Tranquilo, con la mirada serena y alguna sonrisa ocasional. Pero su cabeza estaba en otro lado. Observaba por momentos ese ser perfecto sentado en el segundo escalón, tratando de seguir su historia. De a ratos volteaba al primero, amigo inquebrantable que siempre lo supo escuchar en sus momentos de tristeza. Sin embargo nada de esto era suficiente para mantenerlo en el aquí y ahora. No hay ninguna razón suficientemente fuerte para mantener a alguien en el presente, cuando del otro lado se encuentran las garras de cupido. Juan no podía parar de pensar en ella, y eso volvía todo difuso, la historia de Nina, la presencia de Juan.
Juan persiguiendo quimeras imposibles en su cabeza, Nina brillando con la fuerza de mil soles a su lado -indetectable para él- y Vlad, observandola, con el insconsciente anhelo de una sonrisa o una mirada de esas arrolladoras que Nina sabía dar. Tantos sentimientos, dolores, anhelos, corazones rotos y esperanza condensada en tan pequeño lugar, sólo 3 escalones.
Te acordás cuando el mundo era simple? Cuando si querías a alguien, lo abrazabas. Un enojo se arreglaba hablando y no sabías nada del despecho. Si deseabas algo, lo decías. Sin miedos. Si hacías algo, era por gusto. El mundo en sí, no importaba. Teníamos nuestro mundo, con sus reglas, sencillas e imperfectas. Sabés que? El mundo sigue siendo igual de simple.
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