Otro día empezaba. Vlados se levantó como de costumbre, tomó el desayuno y se aprontó para ir a trabajar. Ya difícilmente recordaba el episodio vivido la noche anterior. Cuando llegó a la puerta observó un pequeño sobre que alguien había deslizado. Al agacharse a recogerlo pudo sentir un leve perfume, casi imperceptible. Imperceptible si él no lo hubiese sentido antes. Imperceptible si sus neuronas hubiesen reusado evocar esa imagen. Pero no fue el caso. Instantáneamente Deeza inundo sus sentidos. El simple perfume le permitió recordar inclusive la suavidad de sus manos. Abrió el sobre, y dentro encontró una nota:
Te veo en el puente del trasgo. Lo recuerdas no?
No estaba firmada. No era necesario.
La decisión no fue muy difícil para Vlados. Inmediatamente se encaminó hacia el puente del trasgo. El mismo quedaba más allá del bosque reminisciente. De pequeño nunca entendió porqué se lo llamaba así. Pero ahora las cosas habían cambiado.
Se paró en la puerta del bosque como muchas otras veces y comenzó a caminar. Allí la luz no llegaba, las altas copas de los árboles ensombrecián el lugar. No había animales, tampoco plantas. Sólo el suelo y los árboles. Vlados se había concentrado en el ritmo de sus paso cuando una figura salió a su encuentro. Vlados sobresaltado detuvo su andar.
-Quien eres?!
-No te reconoces?
-No juegues conmigo. Instó Vlados nervioso.
-No juego, no me recuerdas... sabía que no lo harías.
El pequeño niño que detuvo a Vlados, vestía ropa extraña y empuñaba una espada de madera en su mano. Vlados empezó a retroceder lentamente. El nerviosismo acariciaba al pánico.
-No, no puedes ser. Estoy enloqueciendo.
-No me temas, yo debería temerte a tí. O mejor dicho temerme a mi.
Vlados permanecía mudo, no pudiendo creer lo que veían sus ojos.
-Que haces vestido así? Dónde está tu escudo? tu espada?. El viento soplará en cualquier momento.
Vlados apesumbrado contestó.
-Ya no empuño una espada, ni cargo un escudo. Ahora ato mi corbata y cargo este maletín.
-No, no puede ser. La cara del niño comenzó a desfigurarse.
-Cómo puede ser? Cómo dejé esto que tanto quiero? Cuándo dejé de desear al viento?
Vlados no tenía respuesta.
-Y dime... Deeza como está?
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