Abbe se encontraba en la estación de tren. La cual sólo estaba poblada por el intenso humo de las máquinas a vapor, producto de la revolución mágico-industrial ocurrida una década atrás. El frío le acariciaba el rostro y pequeñas gotitas de lluvia que se colaban por el techo le recordaban algo. Con sus manos en los bolsillos observaba los hechiceros aprendices deambular por el andén ocupando sus posiciones en el tren próximo a partir. Ya en ese tiempo era costumbre utilizar a los nuevos para las tareas más rutinarias y aburridas con el pretexto de formarlos. El día era gris, o tal vez así lo recordaría Abbe, lo que si se puede afirmar es que llovía como si alguien hubiese quebrado las nubes de un golpe.
De un momento a otro Abbe se ve obligado a dejar el poco refugio que proveía el corroído techo de la estación para adentrarse de lleno en la difusa lluvia.
-Abbe! Dijo una voz que hizo eco en su cabeza como un disparo en una noche fría.
Instantáneamente Abbe se detuvo. Sentía la necesidad de darse vuelta, pero un temor se lo impedía. El todavía no lo entendía muy bien. Pero tenía claro lo que quería. Al voltear encuentra a Deeza.
-Hola. Dijo casi sin levantar la vista
-Que haces aquí? Te vas? . Preguntó Deeza .
Una distancia de unos pocos metros los separaba. Deeza aún bajo el techo de la estación y Abbe, inmerso en la lluvia. El agua corría por su cara, y casi que podía sentirla caer por su alma. Deeza llevaba su rostro oculto en una capucha de la cual se observaba emanar su brillante pelo dorado, robándole oscuridad al día. Robándole oscuridad al mundo.
-No, no me voy, nunca me fui, y creo que nunca me iré.
Deeza no podía dejar de pensar en el episodio que dio origen a esa situación. Sentía tristeza, confusíon. O al menos eso es lo que decía su rostro. Sus ojos claros se encontraban empañados y su sonrisa encerrada en la prisión del alma.
-Siempre es igual , tu bajo la lluvia y yo... llevándola conmigo.
Abbe esbozó una sonrisa leve.
-Por un instante, sentía el impulso de internarme en la lluvia y perderme para siempre. Pero mi di cuenta que hubiera sido todo lo contrario. Entrar en la lluvia es entrar en tus dominios. La lluvia existe en ti, y tu existes en la lluvia. Sería imposible separarlos.
El rostro de Deeza se llenó de color. El agua ya caía por su rostro, el techo había desaparecido. Y en un instante que fue tan corto como un suspiro, Abbe la besó.
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