Algunos no lo saben, pero los ángeles viajan de noche. Aprovechan la oscuridad para que nadie los vea. Y justo antes de salir el sol, buscan un refugio donde esperar la próxima luna.
Marcos estaba por acostarse cuando su ventana se abrió violentamente y algo pequeño entró a gran velocidad estrellándose contra el fondo de su habitación. Su estantería se rompió y dejó caer decenas de libros sobre aquel extraño objeto. Marcos asustado se acercó lentamente. Estaba cerca de pisar los libros amontonados, cuando de un salto salió de aquella pila una cosa pequeña y peluda, parecida a un conejo de cuentos de hadas. Marcos se alejó mientras gritaba del susto.
El conejo -que mas bien parecía una coneja, ya que incluso llevaba zapatos de tacón haciendo juego con su remera escotada- sonrió mansamente.
-Hola... necesito pasar la noche aquí, espero no te moleste, pero estoy muy cansada.
- ...
- Pero que descortés de mi parte, no me he presentado, soy un ángel. Mi nombre ... bueno, en realidad no puedo decirte mi nombre. Si lo supieras mañana recordarías esto y sería expulsada de mi trabajo.
Marcos sin entender mucho, simplemente la observaba tratando de articular alguna palabra.
-Trabajo? fue lo único que pudo decir.
-Si, entrego ideas. Cuando la humanidad estanca su progreso me encargo de encender la chispa adecuada a ciertas personas que se encuentran cerca de grandes descubrimientos. Los humanos recuerdan siempre a una de mis antecesoras que reveló su nombre y perdió sus alas. Eureka era su nombre. Pero bueno, tampoco puedo contarte tantas cosas, mañana cuando despiertes no sabrás que vine ni recordaras nada.
Noche tras noche esta historia se repitió, pero siempre el ángel adoptaba diferentes formas. Fue un águila una noche de luna llena, un ratón un dia muy caluroso, y tantas otras cosas que serían imposibles de enumerar. Y día tras día Marcos no recordaba que había pasado la noche anterior.
Pero todo esto cambio una noche lluviosa. Cuando se abrió la ventana Marcos no se asustó, la miró a los ojos y la llamó por su nombre. Esta vez no era un simpático animal, sino una esbelta mujer envuelta en sus alas que ardian en la oscuridad de la noche. Ella fue la última mensajera de ideas del mundo. Ahora nuestras ideas se encuentran estancadas, nuestra evolución truncada, y todo por el amor a una mujer. Un digno fin del mundo.
Marcos estaba por acostarse cuando su ventana se abrió violentamente y algo pequeño entró a gran velocidad estrellándose contra el fondo de su habitación. Su estantería se rompió y dejó caer decenas de libros sobre aquel extraño objeto. Marcos asustado se acercó lentamente. Estaba cerca de pisar los libros amontonados, cuando de un salto salió de aquella pila una cosa pequeña y peluda, parecida a un conejo de cuentos de hadas. Marcos se alejó mientras gritaba del susto.
El conejo -que mas bien parecía una coneja, ya que incluso llevaba zapatos de tacón haciendo juego con su remera escotada- sonrió mansamente.
-Hola... necesito pasar la noche aquí, espero no te moleste, pero estoy muy cansada.
- ...
- Pero que descortés de mi parte, no me he presentado, soy un ángel. Mi nombre ... bueno, en realidad no puedo decirte mi nombre. Si lo supieras mañana recordarías esto y sería expulsada de mi trabajo.
Marcos sin entender mucho, simplemente la observaba tratando de articular alguna palabra.
-Trabajo? fue lo único que pudo decir.
-Si, entrego ideas. Cuando la humanidad estanca su progreso me encargo de encender la chispa adecuada a ciertas personas que se encuentran cerca de grandes descubrimientos. Los humanos recuerdan siempre a una de mis antecesoras que reveló su nombre y perdió sus alas. Eureka era su nombre. Pero bueno, tampoco puedo contarte tantas cosas, mañana cuando despiertes no sabrás que vine ni recordaras nada.
Noche tras noche esta historia se repitió, pero siempre el ángel adoptaba diferentes formas. Fue un águila una noche de luna llena, un ratón un dia muy caluroso, y tantas otras cosas que serían imposibles de enumerar. Y día tras día Marcos no recordaba que había pasado la noche anterior.
Pero todo esto cambio una noche lluviosa. Cuando se abrió la ventana Marcos no se asustó, la miró a los ojos y la llamó por su nombre. Esta vez no era un simpático animal, sino una esbelta mujer envuelta en sus alas que ardian en la oscuridad de la noche. Ella fue la última mensajera de ideas del mundo. Ahora nuestras ideas se encuentran estancadas, nuestra evolución truncada, y todo por el amor a una mujer. Un digno fin del mundo.
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