En un instante se desvaneció aquél niño y el bosque quedó en silencio nuevamente. Sin embargo la pregunta resonaba en la cabeza de Vlados con más fuerza que cuando la oyó. Deeza... Si, para eso había ido hasta allí.
Siguió camino a través del bosque recordando algunas cosas de los tiempos antiguos.
Al cabo de un rato se encontraba al borde del bosque, al salir notó que el sol había desaparecido. El cielo estaba nublado, vestido de un extraño violeta. El bosque terminaba violentamente, pudiéndose ver la linea de árboles que lo delimitaba. Mas allá de esa linea no sólo se terminaba el bosque, sino que también el suelo. Delante de Vlados se dibujaba imponente como una herida profunda en la tierra el precipicio por sobre el cuál se extendía el puente del trasgo. Era viejo como los días del viento, estaba hecho de madera y era sostenido por un par de gastadas cuerdas que se encontraban atadas a unas estacas enterradas en los extremos.
Vlados avanzó lentamente hacia el extremo del puente. No veía a Deeza por ningún lado. En su cabeza los recuerdos de otras épocas jugaban en círculos. Epocas de magia y espadas, épocas de dragones y princesas. Sólo había dado unos pasos cuando un torbellino se alzó en la mitad del puente agitándolo violentamente. Vlados se aferró de la cuerda mientras veía una figura surgir del ojo de aquella extraña columna de viento. La reconoció al instante.
Deeza sonreía y su cabello brillaba con más luz que nunca. Se encontraba flotando en el medio del torbellino con sus manos estiradas en cruz girando al compás del viento. Se detuvo suavemente y quedó mirando a Vlados.
-Veo que viniste.
-Estás loca? Me voy a caer sino te detienes!.
Deeza sonrió y se posó lentamente sobre el puente, haciendo desaparecer el torbellino.
-Ya no recuerdas que te prometí que nunca te caerías?
Vlados no sintió esta vez esa interminable procesión de aplanadoras en su pecho, sino que sólo sintió fastidio.
-Ya no eres una niña, debes aprender a aceptar este mundo. Olvida la magia.
Dicho esto, pegó media vuelta y se marchó rumbo a su aldea.
Deeza, cayó de rodillas en aquel viejo puente que tantas veces los iluminó con su magia. Parecía llover, o tal vez sus lágrimas le jugaban una mala pasada. Eso no importaba.
Siguió camino a través del bosque recordando algunas cosas de los tiempos antiguos.
Al cabo de un rato se encontraba al borde del bosque, al salir notó que el sol había desaparecido. El cielo estaba nublado, vestido de un extraño violeta. El bosque terminaba violentamente, pudiéndose ver la linea de árboles que lo delimitaba. Mas allá de esa linea no sólo se terminaba el bosque, sino que también el suelo. Delante de Vlados se dibujaba imponente como una herida profunda en la tierra el precipicio por sobre el cuál se extendía el puente del trasgo. Era viejo como los días del viento, estaba hecho de madera y era sostenido por un par de gastadas cuerdas que se encontraban atadas a unas estacas enterradas en los extremos.
Vlados avanzó lentamente hacia el extremo del puente. No veía a Deeza por ningún lado. En su cabeza los recuerdos de otras épocas jugaban en círculos. Epocas de magia y espadas, épocas de dragones y princesas. Sólo había dado unos pasos cuando un torbellino se alzó en la mitad del puente agitándolo violentamente. Vlados se aferró de la cuerda mientras veía una figura surgir del ojo de aquella extraña columna de viento. La reconoció al instante.
Deeza sonreía y su cabello brillaba con más luz que nunca. Se encontraba flotando en el medio del torbellino con sus manos estiradas en cruz girando al compás del viento. Se detuvo suavemente y quedó mirando a Vlados.
-Veo que viniste.
-Estás loca? Me voy a caer sino te detienes!.
Deeza sonrió y se posó lentamente sobre el puente, haciendo desaparecer el torbellino.
-Ya no recuerdas que te prometí que nunca te caerías?
Vlados no sintió esta vez esa interminable procesión de aplanadoras en su pecho, sino que sólo sintió fastidio.
-Ya no eres una niña, debes aprender a aceptar este mundo. Olvida la magia.
Dicho esto, pegó media vuelta y se marchó rumbo a su aldea.
Deeza, cayó de rodillas en aquel viejo puente que tantas veces los iluminó con su magia. Parecía llover, o tal vez sus lágrimas le jugaban una mala pasada. Eso no importaba.
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