Barrio marginal a media noche, un hombre con piloto gris hasta la rodilla, caminaba por una de las callejuelas.
Un grupo de matones alcoholizados sobre la vereda al otro lado, lo miraba con desdeño. Pensaron que sería un pobre idiota que tal vez equivocó su camino y pronto sería víctima de alguno de los delincuentes que residían privilegiados entre las sombrías casas del arrabal. El sujeto caminó unos veinte metros y se paró debajo de un árbol, acomodó su sombrero y encendió un cigarro. Con el hombro apoyado al tronco observaba sereno el espectáculo. Los malhechores se percataron de su presencia pero no le dieron importancia, tal vez cuando se les haya pasado el efecto del narcótico y si aún se encontraba allí, lo abordarían con el sólo fin de marcar su territorio. Andrés Pereyra, uno de los maleantes y habitúes del bodegón de la esquina, se encontraba allí junto con otros doce, bebía y reía mientras observaba con desconfianza al sujeto contra el árbol, quien continuó inmóvil tal vez una o dos horas, para luego acomodar su saco nuevamente y retirarse por una calle transversal alejándose del suburbio.
Esto se repitió día tras día durante dos semanas y tal vez la suerte o el miedo a lo osado y desconocido retenía a los malhechores a embestir al observador nocturno del piloto gris.
Pero fue la tarde de un sábado soleado cuando Pereyra se dirigía hacia el centro de la ciudad, tenía en sus intenciones juntar un poco de dinero, posiblemente de camino aparecería alguna víctima a quien poder asaltar cómodamente.
Caminaba observante arrojando miradas a uno y otro lado, cualquier cosa que pudiera presentársele fácil y redituable le vendría bien. Sin embargo, no atisbaba en el desconcierto que lo asechaba.
Pasó debajo de la arboleda y sintió el frío metal traspasar su cuerpo, una mezcla de desasosiego y estupor le enfriaron la sangre, frente a sí el sujeto del piloto gris empuñaba la daga... pensó que era la muerte.
Sintió el fluir de su propia sangre…, sí esta vez era ‘su propia sangre’. “Esto es lo que se siente” – pensó mientras pasaron por su mente aquellos inocentes a los que había asesinado – No supo que hacer o que decir, preguntó “Qué pasaba… porqué… quién…” pero no obtuvo respuesta. Inmediatamente el metal se retrajo y la carne se le estremeció. Perdió el conocimiento y cayó adormilado casi sobre los pies de su verdugo.
Los ojos se abrieron lentamente al mundo, una luz fuerte semejante al sol lo cegaba. “Dónde estoy” – gritó varias veces pero no halló respuesta. Tendido en una camilla, con el cuerpo, brazos y pies atados, así se encontraba Pereyra cuando despertó. Pronto vio oscurecer; una sombra le tapaba la luz, era el sujeto del piloto que se dirigía hacia él. Limpió sus manos ensangrentadas en una batea de porcelana, y se colocó unos guantes de goma. De su vientre aun brotaba sangre, Pereyra temblaba de la incertidumbre y aunque la herida había sido precisa no era mortal. Quería ver a su captor, pero la luz sobre su rostro... era exasperarante.
continua....
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