“Te preguntarás, que estas haciendo aquí ¿no es verdad?, - tembló una voz a lo lejos - yo soy el que se encargá de redimirte... lograras por mí la buena obra de tu vida” – un frió mortal, abrazó al malhechor cuando una punzante aguja perforó la vena situada en la flexura del codo, hizo mil preguntas pero no obtuvo mayor respuesta que un simple “tranquilo todo será rápido”. Vio su sangre fluir en la cánula, el nerviosismo lo paralizaba – “¿porqué no me respondes?” – dijo finalmente. El sujeto del piloto gris se retiró dejando el sombrero y el capote en una silla, volvió a acercarse y lo miró fijo, vestía una chaqueta celeste y pantalones de lino, era un hombre de unos cincuenta años, ojos azules y cabello blanquecino, quitó la aguja del brazo – “es la primer pregunta sensata que has hecho hoy...” – colocó un vendaje sencillo sobre la herida, lo fijo con cintas y al instante las luces se apagaron, – “Nos veremos mañana” – dijo, aunque Pereyra continuaba con gritos y forcejeos en su cuerpo para librarse de las ataduras de cuero firme. Un sonido seco indicó el cerrar de la pesada puerta y un silencio atormentador lo contuvo durante horas.
La oscuridad era profunda, no había siquiera el mínimo reflejo de luz, intentó saber quien era aquel sujeto, hizo su mejor esfuerzo. Tal vez alguna de sus víctimas anteriores, “no lo creo” concluyó con cierto cinismo, siempre terminaba con las vidas de los individuos a los que atacaba, no podía entonces, ser ninguno de ellos.
El tiempo había pasado lentamente tal vez habría pasado un día o tal vez horas, no lo sabía. Las luces se encendieron nuevamente, eran cegadoras, el continuaba inmóvil. “¿Quién es, qué quieren…?” gritaba, pero nadie respondía, a los pocos minutos, vio acercarse nuevamente la sombra, era el mismo sujeto. Limpió sus manos en la batea, se colocó los guantes de goma y caminó de un lado a otro.
“Todo está listo... es perfectamente compatible… No se preocupe Pereyra, no estará solo en este juego” – dijo mientras se retiraba – Al poco tiempo escuchó un fuerte sonido metálico, unas camillas eran arrastradas y colocadas a su izquierda, una al lado de la otra, Pereyra no podía ver quienes eran pero distinguía cuerpos acostados y al igual que el, ambos estaban atados.
Pasaron unos segundos y un nuevo individuo, también en una camilla fue puesto a su derecha, pero esta vez, este no estaba amarrado y parecía estar adormilado pues no se movía ni intentaba desatarse. “¿Quién eres?” preguntaba una y otra vez, pero ni el sujeto de los guantes de goma ni los que estaban a sus lados respondían. Se escuchó un gruñido como si alguien rasgara un papel. Inmediatamente se escucharon gritos, pataleos y movimientos bruscos, un fuerte gruñido ordenó el silencio, no obedecieron. Las luces volvieron a apagarse y estuvieron allí durante unas cuantas horas hasta que comenzaron a hablar entre ellos.
Todos se conocían entre sí, y todos estaban heridos; un chillido molesto se hacía lugar cada cinco segundos.
Excepto por el que estaba a la derecha de Pereyra que parecía estar muerto, todos habían experimentado algo similar, habían sido tomados por sorpresa y apresados, ninguno sabía que estaban haciendo allí. Sólo reconocían que su aprehensor era el individuo del piloto gris que los obserba durante las noches . Se lamentaron no haberlo acribillado en aquel primer momento en que lo vieron.
continua....
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