Lad y Abbe eran amigos desde que eran pequeños. Solían ir a las cuevas que se encontraban bajo la gran cascada a jugar que eran piratas gentiles, otras veces iban al bosque del tiempo e imaginaban que cazaban algún dragón. Este último juego dejó de tener gracia cuando Nina se enojó con ellos por querer matar dragones, ella los adoraba.
Con el correr de los años seguían frecuentando los mismos lugares, sólo cambiaba un poco, y sólo un poco qué hacían allí. Últimamente la cueva de la gran cascada se había convertido en el lugar de reunión de Lad y Abbe para sufrir por los amores ausentes, por los que se habían ido, y por los que aún no habían llegado. Incluso a veces también se desesperaban un poco por los que no existirían nunca.
La última reunión en la cueva, había dejado particularmente preocupado a Abbe, ya que había visto a Lad muy melancólico.
-Qué te pasa? Dijo Abbe.
-Sabes que me pasa. Replicó Lad.
Obviamente Abbe sabía que le pasaba, de hecho, era lo que le pasaba siempre que se reunían allí.
-Quién es esta vez?
-Se llama Liz, asiste a las reuniones de poesía cotidiana.
Lad no era un buen poeta, pero en el pueblo de Abbe era lo más parecido que había a uno, es por ello que el consejo de ancianos lo había elegido como coordinador del grupo de poesía cotidiana. Dicho grupo había sido creado con el fin de incentivar las actividades culturales entre los más jóvenes. Solían reunirse en el piso más alto del árbol perteneciente a la división de asuntos culturales. Las reuniones eran al aire libre. El lugar consistía en un pequeño piso construido sobre la rama más alta, un par de bancos para los asistentes, y un escritorio al frente dónde se sentaba el coordinador, aunque Lad odiaba tanto formalismo, por lo que generalmente terminaba sentado sobre el escritorio.
El grupo de asistentes era pequeño, pero muy variado.
-Lad, no. Sabes lo que sucede siempre que vienes con estas ideas. Es una pésima idea
-Lo sé. De hecho ni siquiera es una idea. Ella simplemente está, piense o no en ella.
-Bueno, entonces no deberías hacerte problemas. Anotalo en tu lista de doncellas perfectas inventadas y listo. Ahora si, vamos que llegaremos tarde a la justa.
-No es tan sencillo... pero lo intentaré.
Lad le ponía pocas fichas a que pudiera hacerlo, pero no quería preocupar demasiado a Abbe. Quien por otro lado no le creía ni una palabra de lo que decía.
Debido a la incredulidad de Abbe decidió asistir a la siguiente reunión de poesía cotidiana. Luego de subir las escaleras llegó al último piso del árbol. Al subirse a aquél pequeño espacio se encontró con el grupo de asistentes, con una mirada que jamás en su vida olvidaría y con una pequeña nota en el escritorio de Lad.
-Lad ya llegó? Preguntó Abbe.
-No, aún no. Le respondió la mirada.
Abbe se acercó al escritorio y leyó la nota:
"Es una salida cobarde, lo sé, pero no tengo alternativa. Si no es de esta forma seguro moriré la próxima vez que me mire. No se cuanto más pueda soportarlo. Cada vez que, con todo el valor del mundo, cruzo su mirada es como si me encontrara cabalgando en un corcel de fuego que desbocado corre a toda velocidad hacia la más alta de las cascadas. Y a mi alrededor truenos y centellas me advierten del destino, pero no suelto las riendas.
Abbe, sé que leerás esto, por lo que sólo puedo decirte gracias."
La cara de Abbe se transformó progresivamente a medida que leía la nota. Al terminar la arrojó al suelo y comenzó a mirar hacia todas las ramas vecinas hasta que lo encontró en la que llevaba a la copa del árbol. Inmediatamente se dispuso a subir, gritándole que se detenga. Pero no alcanzó a llegar a la mitad del camino que vio a Lad pasar cortando el aire a su lado...
Con el correr de los años seguían frecuentando los mismos lugares, sólo cambiaba un poco, y sólo un poco qué hacían allí. Últimamente la cueva de la gran cascada se había convertido en el lugar de reunión de Lad y Abbe para sufrir por los amores ausentes, por los que se habían ido, y por los que aún no habían llegado. Incluso a veces también se desesperaban un poco por los que no existirían nunca.
La última reunión en la cueva, había dejado particularmente preocupado a Abbe, ya que había visto a Lad muy melancólico.
-Qué te pasa? Dijo Abbe.
-Sabes que me pasa. Replicó Lad.
Obviamente Abbe sabía que le pasaba, de hecho, era lo que le pasaba siempre que se reunían allí.
-Quién es esta vez?
-Se llama Liz, asiste a las reuniones de poesía cotidiana.
Lad no era un buen poeta, pero en el pueblo de Abbe era lo más parecido que había a uno, es por ello que el consejo de ancianos lo había elegido como coordinador del grupo de poesía cotidiana. Dicho grupo había sido creado con el fin de incentivar las actividades culturales entre los más jóvenes. Solían reunirse en el piso más alto del árbol perteneciente a la división de asuntos culturales. Las reuniones eran al aire libre. El lugar consistía en un pequeño piso construido sobre la rama más alta, un par de bancos para los asistentes, y un escritorio al frente dónde se sentaba el coordinador, aunque Lad odiaba tanto formalismo, por lo que generalmente terminaba sentado sobre el escritorio.
El grupo de asistentes era pequeño, pero muy variado.
-Lad, no. Sabes lo que sucede siempre que vienes con estas ideas. Es una pésima idea
-Lo sé. De hecho ni siquiera es una idea. Ella simplemente está, piense o no en ella.
-Bueno, entonces no deberías hacerte problemas. Anotalo en tu lista de doncellas perfectas inventadas y listo. Ahora si, vamos que llegaremos tarde a la justa.
-No es tan sencillo... pero lo intentaré.
Lad le ponía pocas fichas a que pudiera hacerlo, pero no quería preocupar demasiado a Abbe. Quien por otro lado no le creía ni una palabra de lo que decía.
Debido a la incredulidad de Abbe decidió asistir a la siguiente reunión de poesía cotidiana. Luego de subir las escaleras llegó al último piso del árbol. Al subirse a aquél pequeño espacio se encontró con el grupo de asistentes, con una mirada que jamás en su vida olvidaría y con una pequeña nota en el escritorio de Lad.
-Lad ya llegó? Preguntó Abbe.
-No, aún no. Le respondió la mirada.
Abbe se acercó al escritorio y leyó la nota:
"Es una salida cobarde, lo sé, pero no tengo alternativa. Si no es de esta forma seguro moriré la próxima vez que me mire. No se cuanto más pueda soportarlo. Cada vez que, con todo el valor del mundo, cruzo su mirada es como si me encontrara cabalgando en un corcel de fuego que desbocado corre a toda velocidad hacia la más alta de las cascadas. Y a mi alrededor truenos y centellas me advierten del destino, pero no suelto las riendas.
Abbe, sé que leerás esto, por lo que sólo puedo decirte gracias."
La cara de Abbe se transformó progresivamente a medida que leía la nota. Al terminar la arrojó al suelo y comenzó a mirar hacia todas las ramas vecinas hasta que lo encontró en la que llevaba a la copa del árbol. Inmediatamente se dispuso a subir, gritándole que se detenga. Pero no alcanzó a llegar a la mitad del camino que vio a Lad pasar cortando el aire a su lado...
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