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El rito

La obsesión no es buena consejera, eso es algo que todos deberíamos saber, pero esa impronta es difícil de mantener en el tiempo, al fin y al cabo por algo lo llaman obsesión.

Esta obsesión por las deidades es algo que pude mantener a raya durante mucho tiempo, quizás creyendo que mi incursión en el paraíso era para siempre y que no iba a necesitar de sus favores. Uno no debe dar por sentada ciertas cosas, en especial cuando uno esta cegado por las mieles del éxito.

Al parecer a las deidades hay que venerarlas, ofrecer sacrificios y aumentar su egolatría: a pesar de su impredecibilidad y falta de empatía, no dejan de ser los seres que tienen la potestad sobre nuestros destinos o algo así.
 
Yo cometí el error de creerme implacable, invulnerable a las fuerzas divinas... y caí de mi pedestal.

Es ahí cuando, al final, nos damos cuentas de que todos somos iguales ante Dios o lo que fuera que nos hace sentir indefensos en la vida terrenal. No existe la inmortalidad ni paraíso sin la venía de las dísir.
Te das cuenta que no hay que ignorar las fuerzas del destino. Yo no creía en el destino (aún una parte de mi se niega a hacerlo).
Uno vé, súbita y pavorosamente, que todo puede estar perdido.

Es ahí cuando sabes que tenes que ofrecer algo en sacrificio, aunque es muy probable que sea tarde, en todo caso ya habrás entrado al santuario, y deberá empezar el rito.


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