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Yo no espero nada porque esperar siempre duele (W.S.)

- “...yo no espero nada…”; y mientras la frase se pronunciaba su mirada resultó tan hostil como apasionante.
Pues claro, dije para mí, pero…
-  “por qué privas a posibilidad de sorprenderte. Me prohíbes a bene placito intercambiar una porción de uno mismo” Su propia imagen la enamoraba mientras de rodillas se miraba en un reflejo lacustre, pensé.
-“No seas estúpido. Son cursilerías además, no me gustan las sorpresas”.
¿Por qué esperamos lo incierto, futuro e inseguro? Se espera lo que no existe y sin embargo se espera. ¿Cuán válida y legítima resultaban sus expresiones?
Si lo sé, no me lo digas… es propio de una naturaleza dañada, quien sabe por qué o por quién.
No existe intercambio sin amor. ¿“Amor”?, bueno eso creo tampoco existe. ¿Afecto o algo similar quizás? Formas genéricas de manifestar un sentimiento, tan sensible que suprimido el psicológico sometimiento de dar y recibir, elimina la humanidad.
¿Cómo un simple accionar mercantilizado permite significar el afecto hacia alguien?
-  “Te entiendo, pero sé que es mentira. Todo el mundo espera algo”  dije retomando la charla.
-  “Yo no. Yo no espero nada”
Lo peor de mi fue comprenderla, claro que sí.
Quien menos espera, más se sorprende. Quien más espera, menos se asombra y exige que la pértiga flexione en su punto óptimo por sobre el peso estipulado.
Quizá no estoy teniendo en cuenta que la falta de anhelo y el rechazo a la sorpresa, venga acompañada de una ausencia en experimentar el placer de pensar en el otro y reducir el pensamiento sobre uno mismo, especialmente si se realiza sin expectativas. Simplemente, quien más espera más se resiente y daña.
Fue en ese instante que su naturaleza estropeada se me representó clara y evidente. Alguien había dañado las cuerdas y el Steinway ’50 ya no endulzaba con su melodía.
-  “¿qué te enloquece de ella? ¿Porque el cuadro de sus ojos en monel te genera el delirio de lo imposible?” fui dicho desde las lejanías de la sabana indomable.
-  “No lo sé” respondí. Nunca nos prometimos nada (de eso no estaba seguro). Pero a veces las promesas ajenas que lleva el viento, se depositan en cualquier rincón de bocacalle y yo… yo simplemente caminé desabrigado en esa esquina de árboles caídos en verano.
No pretendo indagar por qué (normalmente) queremos lo que queremos, o por qué deseamos cosas o anhelamos gestos. Dar es ennoblecer los pensamientos sobre sí mismo y elevar el ego hacia la sorprendente reacción obnubilante ante lo inesperado.
Quien acepta gratamente un obsequio no se ve mayormente beneficiado como quien lo entrega. Si, bien digo. El placer de dar una porción de sí es mayormente confortable que el recibirla de otro.
El egoísmo no estaba en ella que desatendía mi sorpresa; estaba en mí. Cual marioneta quería mover los hilos de la función dramática esperando la reacción.

Ahora ya lo se… no hay infame espectáculo mayor, que aquel que no quiere verse ni regalo peor recibido que el que no es esperado.

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