Un profundo silencio se alzaba como gran señor de aquel helado paraje. La nieve cubría casi todo lo que llegaban a ver los ojos. El paisaje parecía desolado, sin embargo una pequeña sucesión de huellas sutilmente marcadas en la nieve delataban su presencia.
Las huellas se iniciaban donde terminaba la línea de árboles del bosque reminiscente y se extendían hasta el borde de la vieja fuente de piedra, la cuál había conocido mejores épocas. Vlados siempre pensó que tenía poco sentido una fuente en un claro en el medio del bosque, pero claro, el no conocía hasta ese momento su historia.
En el borde de la fuente se encontraba sentada ella. Con su larga cabellera escondida detrás de un sombrero de piel que no podía ocultar los destellos dorados. Sus botas haciendo juego posaban sobre el borde rodeadas por sus brazos, y su mirada se perdía en las ondas del agua que nunca se congelaba.
Los pensamientos cruzaban su cabeza en todas las direcciones y velocidades, sin embargo había uno que siempre que cruzaba parecía enamorarse de ella y se quedaba. Hacía mucho tiempo que no vestía su capa, incluso ya casi no recordaba el peso de su delicada espada. Sin embargo lo que más la confundía era el motivo que la había llevado a dibujar círculos en el aire y recitar viejos conjuros, tan inapropiados para esa época tan civilizada.
-Ya nadie recuerda aquellos tiempos. Se dijo a sí misma, tratando de convencerse que todo era un capricho de una niña que de repente sentía nostalgia. Sin embargo sabía que eso no era cierto. Ni lo primero, ni lo segundo.
Todo el caos y el desorden cósmico conocido en los tiempos antiguos y futuros parecieron arremeter en su pecho.
-Vlados... murmuró.
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