No es cosa de todos los días que dos
cuerpos desnudos se entiendan tan bien... para ello, es preciso primeramente
reconocer la perfección del fruto sin piel, con sus detalles, sus fallas y su
confusión. Llegar a este reconocimiento exige limpiar sus perversiones llegando
a lo puro en ellos.
Estar en un mismo recipiente King size, no
es suficiente. Para captar la belleza de la “pomme de terre” no basta sólo con tomarla entre la palma y el
pulgar, también es necesario rasar un agudo cuchillo como dientes afilados
sobre la sucia y suave piel, mordiendo, tirando todas las inmoralidades afuera de sí. Trastornándose con el hedor a tierra mojada, enredándose.
No es fácil empresa, pero la satisfacción,
mutua; mi felicidad, plena. Bordear la horma de los tubérculos, tanto para
sufrir como para procurar los deleites de su posesión. Ello es menester para
poder degustar de la raíz más noble que se pueda encontrar.
Naturalmente, este fruto no se cuece en
solitario y desprendidos “sinceramente” de la sucia piel cual fruto de la
tierra, quedamos indemnes pero pulidos.
Lo que resulta raro...
Recorre sobre una papa el incólume deseo de volver a esa olla… y
justo cuando la vida empieza a ponerse más interesante, más ambigua, es cuando
también se produce el punto y fuga de la sucia piel, de la felicidad.
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