Todo en la vida es cíclico, incluso la vida misma. Abbe lo había notado una cálida noche mientras observaba el cielo. Desde el sencillo ciclo del agua, hasta el complejo ciclo de un ser vivo. Incluso existen ciclos dentro de ciclos. Dentro del ciclo de las personas de la tierra de Abbe, era sencillo identificar al menos tres.
El primero de ellos tiene que ver con las monedas de plata. Había tiempos donde a una persona le iba bien, y juntaba muchas monedas de plata, eventualmente alguna catástrofe aparecía y perdía casi todas. Cuando esto sucedía no tenía más alternativa que comenzar a juntarlas de nuevo.
El segundo ciclo tiene que ver con la magia. La capacidad mágica de una persona está directamente relacionada con su salud. A veces una persona se encontraba bien y sus capacidades mágicas crecían y parecía no tener techo. Mientras que en otras épocas algún veneno de estación, o aventura mal terminada provocaba que sus capacidades mágicas se arrastraran por los suelos. Cuando esto sucedía, la persona no tenía más opción que cuidarse un poco, tomar algunas pociones del alquimista local y comenzar nuevamente.
El tercer ciclo tiene que ver con los corazones rotos. En la tierra de Abbe los corazones se rompían cada dos por tres, y a veces hasta cada dos por cuatro. Un corazón comienza latiendo al ritmo de la brisa característica del lugar. Con el correr del tiempo y las personas el corazón se acelera, y late a distintos ritmos. Cada vez más rápido, hasta alcanzar un clímax, en el cual alguien lo aplasta, y todo comienza nuevamente.
El primer ciclo, es imposible de romper, no existe negocio tan próspero, ni inversión tan firme que permita detenerlo. El segundo, también es imposible de romper, a pesar de que algunos alquimistas aseguran tener la poción de inmortalidad, lo cierto es que incluso los inmortales se resfrían en verano.
Esto nos deja con el último de los ciclos. Lad estaba seguro que este tenía sus puntos débiles. De hecho Lad estaba seguro que era posible romperlo. Imaginen un amor, tan perfecto, tan perenne, tan eterno y cotidiano que frene al corazón en su clímax. Que no lo deje caer. El resto de los ciclos seguirían su curso, pero este se mantendría en ese punto dónde todos los demás ciclos no tendrían importancia.
Acíclicos, así es como llamaban Lad y Abbe a aquellos que lo habían conseguido. O al menos así habían acordado llamarlos si alguna vez conocían alguno.
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