Bitácora del capitán, día 4:
Tal como dijeron las tortugas, la burbuja se encontraba allí. Flotaba en el aire sobre el mar, unos centímetros más allá de donde llegaba el acantilado. Suficientemente cerca como para pensar que podía agarrarla, y suficientemente lejos como para no poder hacerlo. Ella nunca dejó de luchar por escaparse de allí, y tanto hacerlo se quedó dormida. No importó cuantas veces le gritamos, ella no despertaba.
No tenía un plan, ni tampoco tiempo para idear uno. De todas las malas ideas que cruzaron por mi cabeza tomé la peor: saltar. Eso, simplemente saltar, sin saber si llegaría, sin saber cómo haríamos para sobrevivir la caída, sin siquiera idea de qué había al final de la caída. Una pésima idea, ejecutada de manera impecable.
Llegué a tocar tu burbuja, pero no pude atravesarla y mi destino hubiera sido otro, si tu mano no hubiera tomado la mía. Rompiendo la burbuja. En ese instante la magia de la burbuja nos envolvió y comenzamos a caer. Ya no estábamos en el acantilado, ni siquiera en la isla. Caímos a través de incontables mundos, atravesamos miles de vidas, épocas e historias. Lo único seguro en ese lugar era el calor de tu mano en la mía. No importaba que tan rápido bajábamos (o subíamos, es difícil de decir) no me soltaste. Cuando la caída parecía eterna, fue que la luz nos invadió y nos detuvimos. Y allí me encontraba yo, acostado a tu lado, como recién despertado. Una tenue sonrisa escapaba de la comisura de tus labios. Y en ese momento entendí. Entendí que siempre fue tu mano la que me sostuvo, desde miles de vidas antes que esta. Fue tu mano la que nunca me soltó, incluso cuando no podía verte. Desde aquella vez que nos conocimos en la cubierta del barco, hasta hoy, que casi dormida deslizas tus dedos entre los míos. Tomé tu mano bien fuerte entre las mías, y susurré a tu oído lo aquello que había hecho sonreír al árbol hacía tan sólo unos días atrás.
Tal como dijeron las tortugas, la burbuja se encontraba allí. Flotaba en el aire sobre el mar, unos centímetros más allá de donde llegaba el acantilado. Suficientemente cerca como para pensar que podía agarrarla, y suficientemente lejos como para no poder hacerlo. Ella nunca dejó de luchar por escaparse de allí, y tanto hacerlo se quedó dormida. No importó cuantas veces le gritamos, ella no despertaba.
No tenía un plan, ni tampoco tiempo para idear uno. De todas las malas ideas que cruzaron por mi cabeza tomé la peor: saltar. Eso, simplemente saltar, sin saber si llegaría, sin saber cómo haríamos para sobrevivir la caída, sin siquiera idea de qué había al final de la caída. Una pésima idea, ejecutada de manera impecable.
Llegué a tocar tu burbuja, pero no pude atravesarla y mi destino hubiera sido otro, si tu mano no hubiera tomado la mía. Rompiendo la burbuja. En ese instante la magia de la burbuja nos envolvió y comenzamos a caer. Ya no estábamos en el acantilado, ni siquiera en la isla. Caímos a través de incontables mundos, atravesamos miles de vidas, épocas e historias. Lo único seguro en ese lugar era el calor de tu mano en la mía. No importaba que tan rápido bajábamos (o subíamos, es difícil de decir) no me soltaste. Cuando la caída parecía eterna, fue que la luz nos invadió y nos detuvimos. Y allí me encontraba yo, acostado a tu lado, como recién despertado. Una tenue sonrisa escapaba de la comisura de tus labios. Y en ese momento entendí. Entendí que siempre fue tu mano la que me sostuvo, desde miles de vidas antes que esta. Fue tu mano la que nunca me soltó, incluso cuando no podía verte. Desde aquella vez que nos conocimos en la cubierta del barco, hasta hoy, que casi dormida deslizas tus dedos entre los míos. Tomé tu mano bien fuerte entre las mías, y susurré a tu oído lo aquello que había hecho sonreír al árbol hacía tan sólo unos días atrás.
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