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Mostrando entradas de julio, 2012

La fortaleza inexpugnable - Juan y Nina

Juan caminó firmemente hasta la figura extraña del horizonte. A medida que se acercaba la extraña figura iba mutando en una bella mujer. La más bella de todas si le preguntaban a él. Era Nina. Juan jamás se había animado a decírselo, pero por las noches sus ojos invadian sus sueños. El nunca los dejaba irse hasta que llegaba el amanecer, los perseguía a través de llanuras infinitas, montañas de fuego y océanos furiosos pero nunca los podía alcanzar. -Juan! lo llamó ella. Estás aquí! -Nina! estás bien? -Claro que si, ahora que estás aquí sí. Juan fue sorprendido por sus palabras, ella nunca hablaba tan abiertamente de sus sentimientos, pero ese lugar era extraño, ella no se avergonzaba de sus sentimientos, ni de expresarlos. -Me duele verte! replicó Juan. -Qué? -El pecho me oprime, mi cabeza da vueltas, no sé si es de día o es de noche. (A continuación el narrador omite el resto de las expresiones utilizadas debido a lo poco que aportan a la idea central del relato). El simplemen...

La fortaleza inexpugnable - Separación

Nadie sabía exactamente dónde se encontraba. En las tabernas se escuchaban relatos de peregrinos que aseguraban saber su ubicación, o que conocían alguien que había estado allí. Como la mayoria de los relatos resultaban falsos los clientes habituales solían ignorarlos. Sin embargo Marco aseguraba que un viajero le había confesado la ubicación del páramo a cambio de unas monedas. Juan dudaba seriamente de la veracidad de esos dichos, pero Nina no reparó un sólo instante y arrastró al grupo antes que ellos mismos se dieran cuentan de la empresa en la que se estaban metiendo. Tras una corta preparación los cuatro amigos emprendieron el viaje a la fortaleza. Al cabo de 2 dias y 6 noches (si, efectivamente fueron 2 días y 6 noches. En las tierras de Abbe esto no era algo extraño, algún día se los explicaré) llegaron a la región dónde decían que se encontraba la fortaleza. Guiados por Marco, empujados por Nina, vivos gracias a Juan y juntos culpa de Abbe. A medida que se acercaban el sol c...