Ayer por la noche volvía cansado a mi viejo árbol. La reunión de la cofradía me había dejado sin ideas, ni intenciones de buscar alguna. Sólo quería llegar y tirarme a dormir bajo las estrellas, como todas las noches. Me sentía abatido, sin ganas y el subterráneo no llegaba nunca. Subí al último vagón casi que arrastrando los pies, lamentándome por todos los males del mundo. Y lo ví. Una guitarra, empuñada por un trovador, que rompía el silencio al ritmo de "Mi Enfermedad". Lo curioso no fue esa imagen, que a veces resulta cotidiana. Lo que rompía la realidad era que el trovador era feliz. Feliz de una forma que no se puede poner en palabras, feliz con su guitarra, cantando lo que sentía, lo que quería. Sonriendo como si el mundo fuera perfecto, como si todos los males que me hacían lamentar, no fueran realmente tan importantes. Me bajé del subterráneo, sintiéndome un completo tonto.