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La chica en la vereda

Pensarla, pensarla, pensarla. No sólo es lo que más hacía, también es lo que más disfrutaba hacer. La pensaba a toda hora, desde que abría los ojos por la mañana, hasta que caía cansado por las noches. Pensarla, no era un esfuerzo para Vlad, no importaba el lugar, la hora, el frio o el calor. Ella siempre estaba allí.  Un día como cualquier otro de otoño, la pensó tanto... tanto... que estiró su mano y pudo tocarla. La tomó con fuerza, primero de una mano. Al ver que ella ofreció la otra, la agarró con seguridad y tiró. Tiró como nunca en su vida, tiró con todo el dolor que significaba, tiró con la promesa de la paz por venir. No fue una tarea sencilla, pero tenía por fin la posibilidad de quitarla de su cabeza. Por fin iba a poder pensar en otras cosas, más mundanas, terrenales, que duelan menos. Al fin y al cabo eso es lo que todos quieren, evitar el dolor. Vlad nunca supo de dónde sacó la determinación que tuvo ese día, pero después de un esfuerzo monumental, ella se deslizó fue...