Deeza se encontraba sentada en el borde de la fuente cuando Vlados llegó al helado paraje.No había nada más que nieve, y el brillo de los finos hilos dorados del cabello de Deeza. Vlados caminó lentamente desde la línea de árboles siguiendo las huellas en la nieve hasta la vieja fuente.
Deeza observó la figura de Vlados acercarse lentamente, siguiendo sus huellas en la nieve, que todavía no habían desaparecido. Ella quiso saludarlo, decirle algo, decirle que su pecho explotaba de sólo verlo, pero no hubo caso. Las palabras no salieron de su boca.
Vlado siguió avanzando lentamente, siguiendo las huellas en la nieve, que todavía no habían desaparecido. Él no tenía nada que decir, o tal vez si, pero su corazón parecía sellado. Su corazón parecía frío como la misma nieve. Frío como las huellas en la nieve.
Deeza quiso moverse, quiso pararse y correr a abrazarlo, pero su cuerpo estaba congelado, como la nieve misma. Congelado como las huellas en la nieve.
Vlados llegó al borde de la fuente y extendió sus brazos hacia Deeza. Sus brazos estaban fríos como la nieve misma. Fríos como las huellas en la nieve.
Deeza observó cómo los brazos de Vlados se cerraban sobre ella. Pero sus brazos se sentían fríos, fríos cómo las huellas en la nieve.
Bosko llegó corriendo al claro del bosque. Bastó que saliera de la línea de los árboles para que pudiera contemplar la gélida escena. Tan fría como las huellas en la nieve. Huellas que jamás olvidarían el atroz horror de aquella mañana.
Deeza se encontraba en el suelo, con su dorada cabellera tendida en la nieve, lanzando su último suspiro. Sobre ella yacía Vlados, con sus brazos fríos como las huellas en la nieve, contemplándola.
Bosko corrió hacia ellos y tironeó del amuleto que pendía del cuello de Vlad. Las cuentas del amuleto cayeron una tras otra en la fría nieve.
Vlados, al fin comprendió lo que había hecho. Con sus propias manos, son sus fríos brazos. Con su corazón frío como las huellas en la nieve, había apagado la magia y la sonrisa perfecta de su amor incondicional.
Deeza observó la figura de Vlados acercarse lentamente, siguiendo sus huellas en la nieve, que todavía no habían desaparecido. Ella quiso saludarlo, decirle algo, decirle que su pecho explotaba de sólo verlo, pero no hubo caso. Las palabras no salieron de su boca.
Vlado siguió avanzando lentamente, siguiendo las huellas en la nieve, que todavía no habían desaparecido. Él no tenía nada que decir, o tal vez si, pero su corazón parecía sellado. Su corazón parecía frío como la misma nieve. Frío como las huellas en la nieve.
Deeza quiso moverse, quiso pararse y correr a abrazarlo, pero su cuerpo estaba congelado, como la nieve misma. Congelado como las huellas en la nieve.
Vlados llegó al borde de la fuente y extendió sus brazos hacia Deeza. Sus brazos estaban fríos como la nieve misma. Fríos como las huellas en la nieve.
Deeza observó cómo los brazos de Vlados se cerraban sobre ella. Pero sus brazos se sentían fríos, fríos cómo las huellas en la nieve.
Bosko llegó corriendo al claro del bosque. Bastó que saliera de la línea de los árboles para que pudiera contemplar la gélida escena. Tan fría como las huellas en la nieve. Huellas que jamás olvidarían el atroz horror de aquella mañana.
Deeza se encontraba en el suelo, con su dorada cabellera tendida en la nieve, lanzando su último suspiro. Sobre ella yacía Vlados, con sus brazos fríos como las huellas en la nieve, contemplándola.
Bosko corrió hacia ellos y tironeó del amuleto que pendía del cuello de Vlad. Las cuentas del amuleto cayeron una tras otra en la fría nieve.
Vlados, al fin comprendió lo que había hecho. Con sus propias manos, son sus fríos brazos. Con su corazón frío como las huellas en la nieve, había apagado la magia y la sonrisa perfecta de su amor incondicional.
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