"Amor es tirarse a la pileta sin mirar si hay agua"
Proclaman una y otra vez los jóvenes enamorados al viento. Hinchando su pecho de intenciones de mostrar su determinación. Para probar que enarbolan la bandera de ese amor incondicional y puro. De ese amor que quema las entrañas, y nos quita el sueño por las noches. De ese amor que nos roba el primer pensamiento en las mañanas y el último por las noches.
El otro día, sin querer y por fortuna, crucé por debajo de un Lapacho Rosado. Todos hablan de las consecuencias de pararse bajo un Múerdago, pero nadie menciona a los pobres Lapachos. Una joven gitana me lo contó una vez, en un lugar que probablemente ya no deseo recordar. De acuerdo a su historia los Lapachos regalan breves momentos de reflexión a todos aquellos que se paren a su sombra en navidad.
Fue a la sombra de ese Rosado Lapacho, que entendí algo. Generalmente decimos
"Amor es tirarse a la pileta sin mirar si hay agua"
en contraposición de una situación segura, similar a:
"Tirarse a la pileta seguros que tiene agua" (Y ni hablar si metemos sutilmente el piecito para asegurarnos que no esté muy fría)
Hoy quiero expresar mi total desacuerdo con dichas ideas. De hecho, creo que es un error aberrante. Tirarse sin mirar si hay agua, es un acto de fé, no un acto de amor. Es fé en que habrá agua. Es fé en que algo aliviará nuestra caida. Es saltar por la esperanza de que haya algo que nos abrace en la caída y no tengamos que sentir el duro suelo. Llamémoslo como quieran, pero eso no es amor.
Lo opuesto a saltar a la pileta con agua, es:
"Amor es saltar a la pileta, sabiendo que no hay agua"
Es saltar por el amor mismo, sabiendo que la caída puede ser dolorosa, sabiendo que no hay un abrazo que nos frene en nuestra carrera al suelo. Pero sin embargo saltamos, saltamos, no por seguridad, no por esperanza, no por fé. Saltamos por amor.
Proclaman una y otra vez los jóvenes enamorados al viento. Hinchando su pecho de intenciones de mostrar su determinación. Para probar que enarbolan la bandera de ese amor incondicional y puro. De ese amor que quema las entrañas, y nos quita el sueño por las noches. De ese amor que nos roba el primer pensamiento en las mañanas y el último por las noches.
El otro día, sin querer y por fortuna, crucé por debajo de un Lapacho Rosado. Todos hablan de las consecuencias de pararse bajo un Múerdago, pero nadie menciona a los pobres Lapachos. Una joven gitana me lo contó una vez, en un lugar que probablemente ya no deseo recordar. De acuerdo a su historia los Lapachos regalan breves momentos de reflexión a todos aquellos que se paren a su sombra en navidad.
Fue a la sombra de ese Rosado Lapacho, que entendí algo. Generalmente decimos
"Amor es tirarse a la pileta sin mirar si hay agua"
en contraposición de una situación segura, similar a:
"Tirarse a la pileta seguros que tiene agua" (Y ni hablar si metemos sutilmente el piecito para asegurarnos que no esté muy fría)
Hoy quiero expresar mi total desacuerdo con dichas ideas. De hecho, creo que es un error aberrante. Tirarse sin mirar si hay agua, es un acto de fé, no un acto de amor. Es fé en que habrá agua. Es fé en que algo aliviará nuestra caida. Es saltar por la esperanza de que haya algo que nos abrace en la caída y no tengamos que sentir el duro suelo. Llamémoslo como quieran, pero eso no es amor.
Lo opuesto a saltar a la pileta con agua, es:
"Amor es saltar a la pileta, sabiendo que no hay agua"
Es saltar por el amor mismo, sabiendo que la caída puede ser dolorosa, sabiendo que no hay un abrazo que nos frene en nuestra carrera al suelo. Pero sin embargo saltamos, saltamos, no por seguridad, no por esperanza, no por fé. Saltamos por amor.
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