Les voy a contar una historia real. Una historia sobre Abbe y el pequeño negocio que montó años atrás. Todo sucedió un día mientras escuchaba una anécdota de un buen amigo suyo. De repente se dió cuenta que la anécdota que contaba su amigo surgía de un recuerdo que tenía. Pero al contarla, dicho recuerdo tomaba forma de palabras y dichas palabras generaban en la imaginación de Abbe una nueva representación del recuerdo. Y generalmente el nuevo recuerdo creado siempre era mejor que el recuerdo original. Abbe se dio cuenta que uno al escuchar el recuerdo de otra persona siempre lo imagina muchos más perfecto de lo que realmente fue. Ni hablar si el narrador exagera un poco las cosas. Dicho de otra forma, los recuerdos mejoran al pasar por otras personas.
Entonces Abbe inventó un método para reemplazar los recuerdos de las personas por las versiones mejoradas productos de la imaginación de otras personas. Para ello primero necesitaba una forma de borrar recuerdos. Esto fue bastante sencillo, las ninfas del viento le explicaron como hacerlo. Posteriormente necesitaba una forma de volver a meter el recuerdo, luego de pasar por varias personas. Para ello recibio ayuda de las sirenas del mar de los corazones rotos.
Primero comenzó con trabajos pequeños, pedía a las personas que le contasen su recuerdo, luego se los borraba y les implantaba el nuevo recuerdo producto de su propia imaginación. El negocio fue un éxito instantáneo. Las personas acudián en grandes cantidades para cambiar esos recuerdos pobres y triviales por recuerdos brillantes y emocionantes. Con el tiempo se dio cuenta que con su imaginación ya no alcanzaba. Había recuerdos tan pobres que necesitaban de varias imaginaciones para mejorar lo suficiente. Por ello los recuerdos se empezaron a cotizar en base a la cantidad de imaginaciones que fueron necesarias para crearlos.
Como siempre, cuando el negocio fue un éxito Abbe tuvo otra idea, poco brillante esta vez. Como los recuerdos en última instancia eran solo narraciones pasadas por un par de imaginaciones, era posible sintetizarlos sin que existiese un recuerdo original en primera instancia. El éxito de esto fue mucho mayor que su primer idea. Uno podía cruzarse por la calle con gente que aseguraba haber cantado con Gardel. Otros aseguraban haber jugado un partido de truco con Batman. Ni hablar los recuerdos más subidos de tono, ni Rapunzel era ajena a los recuerdos de los más osados.
Poco a poco, la sociedad comenzó a vivir de recuerdos inventados. Era como una gran mezcla literaria pero en la vida real. Personajes de ficción y reales eran parte de los recuerdos de todas las personas. Esto llevó a un caos. Eran frecuentes las peleas por princesas de cuentos de hadas. En muchos otros casos personas esperaban llamados que nunca llegarían. Amores que nunca volverían. En un último atisbo de cordura un juez prohibió a Abbe seguir practicando el procedimiento y exigió borrar todos los recuerdos sintetizados. Además se le exigió mantenerse alejado de los recuerdos de las personas.
Desde ese día, ya no muchos se acuerdan de él. Aunque algunos somos testigos de cómo incumplió la sentencia.
Entonces Abbe inventó un método para reemplazar los recuerdos de las personas por las versiones mejoradas productos de la imaginación de otras personas. Para ello primero necesitaba una forma de borrar recuerdos. Esto fue bastante sencillo, las ninfas del viento le explicaron como hacerlo. Posteriormente necesitaba una forma de volver a meter el recuerdo, luego de pasar por varias personas. Para ello recibio ayuda de las sirenas del mar de los corazones rotos.
Primero comenzó con trabajos pequeños, pedía a las personas que le contasen su recuerdo, luego se los borraba y les implantaba el nuevo recuerdo producto de su propia imaginación. El negocio fue un éxito instantáneo. Las personas acudián en grandes cantidades para cambiar esos recuerdos pobres y triviales por recuerdos brillantes y emocionantes. Con el tiempo se dio cuenta que con su imaginación ya no alcanzaba. Había recuerdos tan pobres que necesitaban de varias imaginaciones para mejorar lo suficiente. Por ello los recuerdos se empezaron a cotizar en base a la cantidad de imaginaciones que fueron necesarias para crearlos.
Como siempre, cuando el negocio fue un éxito Abbe tuvo otra idea, poco brillante esta vez. Como los recuerdos en última instancia eran solo narraciones pasadas por un par de imaginaciones, era posible sintetizarlos sin que existiese un recuerdo original en primera instancia. El éxito de esto fue mucho mayor que su primer idea. Uno podía cruzarse por la calle con gente que aseguraba haber cantado con Gardel. Otros aseguraban haber jugado un partido de truco con Batman. Ni hablar los recuerdos más subidos de tono, ni Rapunzel era ajena a los recuerdos de los más osados.
Poco a poco, la sociedad comenzó a vivir de recuerdos inventados. Era como una gran mezcla literaria pero en la vida real. Personajes de ficción y reales eran parte de los recuerdos de todas las personas. Esto llevó a un caos. Eran frecuentes las peleas por princesas de cuentos de hadas. En muchos otros casos personas esperaban llamados que nunca llegarían. Amores que nunca volverían. En un último atisbo de cordura un juez prohibió a Abbe seguir practicando el procedimiento y exigió borrar todos los recuerdos sintetizados. Además se le exigió mantenerse alejado de los recuerdos de las personas.
Desde ese día, ya no muchos se acuerdan de él. Aunque algunos somos testigos de cómo incumplió la sentencia.
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